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Friday, December 24, 2010

LE CORBUSIER NO ERA "EL CUERVO" (DE POE) / ARMANDO ARTEAGA

LE CORBUSIER NO ERA “EL CUERVO” (DE POE).

Por Armando Arteaga

El nombre de Charles Edouard Jeanneret, permanece en el más discreto silencio en la historia de la arquitectura. El mito divide en partes el todo, lo aproxima a la nada o aumenta extremadamente la personalidad de una figura, deshumaniza al personaje para poder lograr imponer objetivamente una vida ilustre como un símbolo perfecto o un desastre inhumano.

Los mitos, en la arquitectura, en el arte, o en la literatura, nunca tienen revés, ni van hacia el cielo ni caen a la tierra, ni fuerza centrípeta, ni centrífuga, es la retórica de la vivencia del individuo o de la masa que aplaude o desprecia. Resulta siempre difícil, es una tarea compleja, analizar la vida integral de un mito aceptado, porque puede doblegarse el símbolo colectivamente reconocido, en donde suele identificársele con el gusto una época, genio y figura hasta la sepultura.


Al brillo, del nombre de Le Corbusier, todas la generaciones venideras lo han aplaudido: arquitectura nueva, revolución arquitectónica, libertad esencial y origen del movimiento moderno... Y Le Corbusier, no cabe duda, es uno de los modelos de más fulgor dentro de la historia del arte moderno, esencialmente, en la historia de la arquitectura actual.

Tenemos, sin embargo, a la vista siempre la ocasión de poder «ver» y comentar una faceta importante de la obra y de la personalidad de Le Corbusier, en sus libros, en las revistas que lo alabaron y en sus edificaciones construidas en diversas ciudades del mundo, claro está que “Cuando las Catedrales eran Blancas” las cosas no andaban tan negras como ahora, o han cambiado algo radicalmente, o van cambiando vertiginosamente, para bien o para mal, aún vivimos en la época de la loca “prosperidad”: hacer dinero, ¡make big money!, ¿quién entiende a Le Corbusier?, tenía varias versiones para ver la realidad de un país como Norteamérica.

Pero, veamos, aun siendo muy conocida su labor de pintor, no se ha valorado lo suficientemente, esta parte de su trabajo, el quehacer de su pintura.

Le Corbusier, nunca fue tituladamente arquitecto. Le Corbusier era pintor, escultor, escritor, y además administraba una oficina de estudios técnicos y algunos asuntos empresariales... hasta manejó una fábrica. Su pintura, es curioso comprobar que fue una actividad realizada en su tiempo de ocio. A ella le dedicaba las tardes de los sábados y el domingo. Fue, por tanto, un «pintor de domingo». A tales pintores se les suele integrar dentro del arte del tiempo libre. Sin embargo, nunca podría decirse que Le Corbusier fuera un creador de tal estilo, ya que esas tardes de «ocio» fueron dedicadas a un quehacer reflexivo, en el que se fue conformando la trama de su creación y en el que, más tarde, irían integrándose otros tipos de propuestas.

Su encuentro con Ozenfant, en 1917, revitalizó las inquietudes plásticas de su juventud, que no iban a detenerse en la bi-dimensionalidad. Al igual que el Grupo Stilj holandés y como el Grupo 57 español, o tantos otros, su investigación plástica tuvo consecuencias tridimensionales y espaciales en el mundo de la arquitectura. Aquellas tardes tranquilas de domingos fueron enjalonadas con la elaboración de teorías que le llevarían a la praxis de realizaciones arquitectónicas.

Le Corbusier fue un preludio del arte total que durante muchos decenios de nuestro siglo se ha intentado de diversos modos. Pero este arte total, a diferencia del Renacimiento, en el cual un único artista -el individuo medida del universo- realizaba todas las artes como hiciera un Da Vinci, un Miguel Ángel, se realiza en nuestro siglo comunitariamente, en colaboración, en equipo.

Junto a Ozenfant, elaboró en 1918 el Manifiesto del Purismo, que denominó Apres le Cubisme. Aquí ya fueron gestándose las conclusiones formales que luego, junto a August Perret, conjugaría con una óptima utilización de los nuevos materiales de hormigón armado.

La limitación del espacio por los volúmenes, la prolongación del espacio por los vanos transparentes, el estudio de los muros coloreados, etc., se iba elaborando en sus meditaciones plásticas.

El Purismo suponía el hallazgo de una fórmula pictórica que eliminara, de golpe, todo elemento extraplástico. Partiendo de los objetos reales se deseaba reducirlos a su pura esencia plástica. La pintura de Le Corbusier partía, pues, del Cubismo, en su aspecto más intelectual y geométrico. Es decir, en su aspecto más celebrado. Una geometría de transparencias, pero estables y firmes, formas construidas, calculadas y precisadas en el espacio. Una pintura, en donde la línea marca definitivos contornos, aunque sin precisar volúmenes, un poco, porque estos volúmenes son penetrables, como fueron los cuerpos -mil veces traspasados por la mirada- de las grandes obras cubistas del primer período analítico y cuyos resultados finales produjeron obras sintéticas como la de Gris. Los temas de bodegones privaban en esta época de su pintura, en los años 20, un sentido más conservador y conmovedor. Más adelante, su vocabulario pictórico trató otros temas y sufrió otras influencias.

En aquel entonces la dirección de la revista L’Esprit Alouveau le permitió desde 1920 hasta 1925 divulgar sus teorías. «Siempre –dice- he considerado la pintura como una manifestación de pleno equilibrio plástico e intelectual...». Tales escritos se entrelazaban con los dedicados a nuevas ideas arquitectónicas. “Vers une architecture” es de 1923. En ella va sentando ya las bases de su particular revolución, que aparecerá formulada y clara, en su propuesta de los Cinco Puntos para una nueva arquitectura.



A pesar de que Le Corbusier siempre quiso considerarse un «cubista» (en 1946 todavía lo afirmaba), sus obras de los años 30 y las de los años 50 tienen matices surrealistas, especialmente en lo que respecta al espacio irreal y a ciertas formas que pueden encontrarse en un mundo más o menos onírico. La elaboración de símbolos colectivos tal como pueden encontrarse en su obra escultórica. Un ejemplo es su proyecto monumental de La Gran Mano Abierta para la Plaza del Capitolio de Chandigart, mediante la que intenta congregar y hacer reconocible aquel espacio urbanístico como hito y como guía de aquella ciudad.

El trabajo pictórico de Le Corbusier nos ayuda a «ver» su arquitectura y la proyección espacial de su urbanismo. Su lectura se hace más fácil, a través de la observación directa de sus cuadros que por medio de cualquier explicación o interpretación literaria.

Los valores han dejado de ser absolutos. Todos ellos funcionan en su relación con los otros valores que, apoyándolas o contraponiéndose a ellos, forman ese todo admirable. En Le Corbusier también es preciso conocer su arquitectura, su urbanismo, su pintura, su escultura, sus escritos y sus actividades aparentemente más secundarias.

Nuestro encuentro con la obra de arte no debe perseguir la búsqueda exclusiva de un «algo» irrepetible, sino que debe conllevar el afán de traspasarla, de percibir a qué responde, adónde lleva, qué está pidiendo, con qué cosas está relacionada. En Le Corbusier vemos que su obra no fue el antojo de la expresión sorda de su individualidad, en verdad relevante, sino la puesta en servicio de esta gran capacidad creadora y el deseo de ofrecer alguna solución grande o pequeña, exacta o incierta, a los problemas de una sociedad de un tiempo y con unas circunstancias determinadas. Su pintura colaboró a dar estas respuestas y es así, insertada en toda su actividad, como puede entenderse.

Exposiciones de las pinturas de Le Corbusier se han visto por muchas partes del mundo, en colecciones y en museos. Ni discutido, ni premiado todavía con el olvido, vive esa parte de su fuerza creativa, la opaca la obra arquitectónica, pero con el tiempo será reconocida como un aporte fuera de lo común. Allí podremos comprobar si es capaz de abrir a nuestra percepción alguna compuerta, todavía cerrada, de algún aspecto de la realidad que nos rodea. Entender “El Modulor” es ya meterse en su laberinto, el laberinto de la “Estética de las Proporciones”, hacia el “espacio indecible”, instrumento de trabajo fundamental para la aplicabilidad de la proporción humana dentro de lo arquitectónico y lo urbanístico, donde siempre triunfa la grandeza de la matemática. Mejor, si uno quiere ayudarse de la mano de Francois de Pierrefeu, en su “Le Corbusier, la maison des hommes”.