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Friday, May 18, 2012

La gran arquitectura pone su sello en la Ciudad de México / Abida Ventura

La gran arquitectura pone su sello en la Ciudad de México
En los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI se han consolidado en México 11 tendencias arquitectónicas. Esta es una guía para apreciar las más emblemáticas en el DF
Sábado 07 de mayo de 2011

Abida Ventura | El Universal


Imagen Cortesía de Eduardo Chávez.

Vanguardia, sustentabilidad, disponibilidad tecnológica e integración de diversas expresiones culturales son elementos que caracterizan las tendencias arquitectónicas experimentadas en México a lo largo de las últimas dos décadas.

Al menos así lo describe Gustavo López Padilla en su libro Nueva arquitectura mexicana. Tendencia entre siglos. Una obra que mediante datos, valoraciones puntuales e imágenes representativas, pretende aproximar al lector “al mundo de las ideas que han dado cuerpo y sentido a las realizaciones arquitectónicas en el país, principalmente aquellas que forman parte de la transición entre los siglos XX y XXI”, dice en entrevista.

Editado por la Editorial Designio y la Facultad de Arquitectura de la UNAM, el volumen documenta las condiciones generales que identifican a la arquitectura mexicana actual, la variedad y aceptación de las nuevas tendencias, un notable cambio generacional, la importante producción y diversidad de la disciplina surgida en diferentes puntos del país, así como la revisión de nuevos horizontes a partir del uso de las nuevas tecnologías y la globalización.

Según el profesor e investigador de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, entre las principales tendencias arquitectónicas que se han experimentado en México durante las últimas dos décadas, destacan 11, que van desde el racionalismo hasta las estructuras más complejas y abstractas.

Una de las tendencias que sigue vigente en el espacio urbano es el racionalismo. “Aquel que busca la sencillez y sobriedad, tendiendo a la abstracción”, explica López Padilla. En esta tendencia se enmarca el conjunto Corporativo Arcos Bosques, obra monumental de Teodoro González de León, J. Francisco Serrano y Carlos Tejeda. Constituido por dos edificios de 35 niveles y dos cuartos bajos de seis niveles, el edificio ubicado en Bosques de las Lomas se ha convertido en referencia urbana para el colectivo de quienes lo habitan.

Dentro de esta misma tendencia hay otros edificios que buscan calidades formales un poco más complejas, “de mayor fuerza expresiva, mostrando juegos volumétricos y de claroscuros, mediante la utilización de parteluces y dobles fachadas, con la idea adicional de consumir menos energía”. López Padilla nombra entre ellos el Corporativo las Flores (2002), de Haume Varón, Abraham Metta y Alex Metta.  En esta vertiente arquitectónica está también el Hotel Hilton, antes Sheraton, en el Centro Histórico y la Torre Reforma 115.
 
Universo minimalista

Muros ciegos, fachadas de cristal transparentes, esmeraldas o de colores; bosques de cristal, diversas superficies metálicas, tubos de concreto, piedras naturales como el ónix o el adobe son algunos elementos arquitectónicos que distinguen a la variante minimalista, cuya aparición en México se debe al trabajo de Luis Barragán y a las experiencias plásticas de Mathias Goeritz, según el también arquitecto López Padilla.

En este universo minimalista que busca la serenidad se encuentran el Hotel Habita (2000), ubicado en la avenida Presidente Masaryk en la colonia Polanco, obra del prestigiado arquitecto Enrique Norten y su colega Bernardo Gómez Pimienta. Según López Padilla, la Escuela de Artes Plásticas, de Mauricio Rocha Iturbide, en Oaxaca, es también un edificio minimalista.
 
  Las edificaciones “high tech”

Pero hay una tendencia, explica López Padilla, que a pesar de que propone una máxima flexibilidad espacial, ha tenido poca aceptación en México por la atmósfera fría y agresiva que transmite. Es la high tech, cuya obra representativa puede ser la Biblioteca Vasconcelos (2006) -obra de Alberto Kalach, Gustavo Lipkau, Juan Palomar y Tonatiuh Martínez-, recinto que constituye un nuevo centro de convivencia, estudio y desarrollo cultural, en los límites del centro y la zona norte de la ciudad.

Otros edificios pertenecientes a esa tendencia son la Torre de Ingeniería de la UNAM, las estaciones del Metro a lo largo de la línea A (Buenavista-San Lazaro) y la Escuela Nacional de Teatro, obra de Enrique Norten y González Pimienta.
 
Ejemplos de obras modernas tradicionales

Existe también una tendencia a interpretar las variantes modernas tradicionales. El ejemplo clave de esta tendencia es la Casa Quinto Sol, obra de Diego Villaseñor, que hace una interpretación contemporánea de las formas de vida y constructivas correspondientes a los pueblos enraizados en la zona costera del Pacífico, en Guerrero. Troncos de madera, cubiertas vegetales y muros gruesos encalados con toques de color, le dan sentido y carácter a esta obra, enclavada en Punta Ixtapa, Zihuatanejo.
 
El respeto a la naturaleza

Llama la atención, dice López Padilla, la vertiente denominada orgánica. Aquella que tiene presente a la naturaleza y todo lo que ella significa. Considera como obra representativa el taller de proyectos del arquitecto Agustín Hernández, en Bosques de las Lomas: “obra que hace una reinterpretación geométrica de la naturaleza”. Así como la Casa Tiburón, de Javier Senosiain, ubicada en Naucalpan, cuyo contenido se basa en la geometría zoomórfica.
 
Ejemplos posmodernos

Durante los 70, explica el autor, se hablaba de la arquitectura posmoderna con desdén y horror, pero han pasado 40 años y esta arquitectura sigue teniendo fuerte presencia en un buen número de obras que se construyen a diario. Entre los emblemáticos se encuentra la ampliación de las oficinas centrales del Banco Nacional de México (1989), de Teodoro González de León, Abraham Zabludovsky y José María Larios, la cual combina referencias arquitectónicas preexistes y actuales.

En la arquitectura mexicana actual, explica López Padilla, existe también un predominio de la conceptualización estructural. Aquellos edificios colgados, resueltos a partir de un núcleo rígido, generalmente ubicado en la parte central de la planta de esos edificios, por donde además corren verticalmente escaleras y elevadores necesarios. Existen, hasta hora, dos ejemplos claros en la ciudad de México. Se trata del Edificio Celanese Mexicana -ahora Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT)-, ubicado al sur de la ciudad, un proyecto del arquitecto Ricardo Legorreta; y el edificio de Seguros Monterrey, de Enrique de la Mora y Palomar, en la colonia Roma.
 
Construcciones complejas y de reuso

Hay otras que el autor denomina edificios de arquitecturas complejas, de los pocos ejemplos está la casa de arquitecto González de León, en la colonia Condesa.
López Padilla clasifica además algunos recintos de valor patrimonial que se han transformado en edificios de servicios públicos, culturales, oficinas privadas o comercios. Ejemplo del “reciclamiento industrial” es la Plaza Loreto, que de ser una fábrica de papel pasó a centro comercial; así como el Parque Fundidora en Monterrey.
 
Pero también hay una “reutilización” de edificios con carga histórica que ahora se combinan con expresiones modernas de diseño. En esa tendencia están el Museo José Luis Cuevas, alojado afuera del Claustro del Convento Santa Inés, un edificio del siglo XVII.
El investigador no deja de lado la arquitectura de paisaje, cuya tradición en México se remite a la época prehispánica, con los jardines del Emperador Moctezuma, en Tenochtitlan. En esa variante está la intervención paisajista temporal de Jerónimo Hagerman “Aquí y ahora. Jardín Radial”, en Mesones y Regina, en el Centro Histórico.

Sin duda son obras que llevan poco tiempo en la memoria colectiva y muchas veces poco conocidas, pero según López Padilla, debe ser la sociedad quien determine el valor de las obras y ayudar a sus representantes a conservarlas, ya que las instituciones encargadas no tienen los instrumentos legales necesarios para su conservación. “Quien debe regular la arquitectura moderna es el INBA y no tiene los instrumentos legales para la conservación, se ven rebasados por la dinámica de la ciudad y de la economía”.

Vía:



Edificio del Gobierno del Distrito Federal, 2000

Sunday, May 13, 2012

La extraña muerte de la crítica de arquitectura / Josep María Montaner

La extraña muerte de la crítica de arquitectura

La arquitectura tiene menos papel decisorio con relación al que tuvo en el periodo de entreguerras y en la posguerra


Josep María Montaner  12-04-2012



Este es el título del libro póstumo de Martin Pawley, uno de los críticos británicos de la segunda mitad del siglo XX, junto con Reyner Banham y J. M. Richards, y expresa un hecho inquietante: la crítica de arquitectura, tan influyente hace pocas décadas, hoy tiene un papel irrelevante.

En el caso de la crítica de arquitectura se suman dos crisis, la cultural y la propia. Se enmarca en el fenómeno más general de la pérdida de papel representativo de los intelectuales progresistas, que, aunque existan, tienen menos posibilidades de expresarse en los medios que hace unos años. Y en el terreno de la arquitectura, la mala salud se percibe hoy mucho más al compararla con su periodo dorado, entre los años sesenta y ochenta, con figuras como Manfredo Tafuri, Aldo Rossi, Colin Rowe o Kenneth Frampton, yendo desde el espectro más radical y marxista hasta el más formalista, nostálgico y defensor de la autonomía de la arquitectura.




Martin Pawley

También se suma que el mismo saber de la arquitectura ha perdido papel decisorio y de liderazgo con relación al que tuvo en el periodo de entreguerras y en la posguerra, en que las políticas de vivienda, inspiradas por arquitectos, sentaron las bases del Estado de bienestar. Hoy la arquitectura y el urbanismo son serviles a los objetivos financieros e inmobiliarios, y tienen escasa iniciativa para plantear alternativas a lo que imponen los intereses dominantes. A este descrédito han colaborado la complicidad con la especulación, la corrupción y el alarde de poder.

Hay más factores que explicarían esta muerte tan hegeliana decretada por Pawley: lo que queda de la crítica está dominado por la cultura angloamericana, que sigue definiendo posiciones, como la poscrítica, los tecno administradores o los neopragmáticos. Y en este punto de inflexión, Peter Eisenman, con su negatividad, y Rem Koolhaas, con su pragmatismo, han potenciado la dispersión. En Europa quedan pocos focos de la crítica, más allá del grupo editorial de la revista Lotus en Milán y de facultades de arquitectura como la de la Delft University of Technology.



Reyner Banham

Otro factor que influye en la consistencia de la cultura crítica es que el mundo de Internet ha potenciado un panorama con innumerables protagonista, sin los referentes míticos de otras épocas, como Karl Kraus, Jean Paul Sartre y otros. Hoy proliferan los intelectuales, por suerte, con más mujeres y con procedencias no eurocéntricas; se consolidan nuevas corrientes ecologistas, feministas y queer, pero su influencia y alcance quedan reducidos a ciertos ámbitos.

En el caso de Cataluña, el desinterés por la teoría es manifiesto y recurrente. La crítica y la historia la han escrito los mismos protagonistas, que se incluyen a sí mismos en sus escritos, como Oriol Bohigas o Helio Piñón; algo que sería inadmisible en otros campos artísticos. El gran teórico que tuvimos, Ignasi de Solà-Morales, es reconocido aquí por su gran personalidad y por ser el arquitecto del Liceo, pero no por el peso de su propuesta crítica, de alcance internacional. Somos un país que alardea de su pragmatismo y que no valora la actividad de la crítica. Por eso, los arquitectos profesionalistas y ambiciosos han creado sus propias agencias, lobbies y blogs, intentando medrar repartiendo placebo de crítica. Sin embargo, no habrá manera de conceptualizar, proponer alternativas y replantear la arquitectura si no se piensa desde la historia y la crítica.

J. M. Richards

Las nuevas teorías han de partir de otras coordenadas: rechazo a la pretendida autonomía de la arquitectura, sintonía con los medios de comunicación y con las posibilidades de las industrias locales, incorporación de los nuevos modos de trabajo colectivo y de cooperación. Se ha de avanzar en procesos en los que la abstracción recurre a mecanismos versátiles, como los diagramas; la arquitectura se centra en la vida y en la experiencia, y se reencuentra la vertiente activista y experimental que tuvo en otros momentos de transformación.

Cierta crítica está muriendo al mismo tiempo que ciertas premisas de rigor, honestidad y espíritu crítico no se valoran, pero van a surgir otras, imprescindibles para superar este panorama de imposturas, trivializaciones, autoelogios y fórmulas caducas.


BIBLIOGRAFIA:






Monday, May 07, 2012

Destrucción del patrimonio, destrucción de la identidad / Wilfredo Ardito Vega

Lima - San Isidro 

DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO, DESTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD

 Por Wilfredo Ardito Vega


Hace dos semanas, caminando por San Isidro, vi que habían rodeado con tablones una hermosa casona Tudor en la esquina de las calles Ricardo Palma y Del Bosque.  Al día siguiente, encima de los tablones había una malla verde y un cartel que anunciaba que se construiría una tienda.


-¡Es terrible lo que van a hacer! –me dijeron dos señoras, al verme tomar algunas fotos.
Cuatro días después, queriendo pensar que los obreros quizás sólo iban a hacer obras internas de remodelación, regresé a la esquina… y cuando llegué, encontré que la casona casi había desaparecido.


Este no ha sido el único caso de demolición acelerada que se produce en los últimos meses: la Casa de la Biblia en Santa Beatriz y el antiguo local de Aurelia en Lince han desaparecido con la misma velocidad.   Después del compás de espera que generó la incertidumbre electoral del año pasado a muchos inversionistas, las inmobiliarias están “poniéndose al día” reanudando el proceso por el cual, en los últimos años, muchas zonas de Lima han perdido valiosos inmuebles, desde Santa Beatriz hasta Magdalena y desde Miraflores hasta la avenida  San Felipe en Jesús María.   Desde Jauja hasta Piura y desde Iquitos hasta Ica, las demás ciudades peruanas también se vienen deteriorando aceleradamente.

Sin embargo, en la destrucción del patrimonio urbano no solamente han influido el abandono de los antiguos propietarios y los intereses de grupos económicos, sino también criterios erróneos de planificación urbana.   Entre los años cuarenta y setenta, decenas de casonas en el centro de Lima fueron demolidas para ensanchar las avenidas Tacna, Abancay y Emancipación y el jirón Camaná.  Se justificaba la destrucción de balcones, patios coloniales, mansardas republicanas y elegantes rejas para asegurar la fluidez del tráfico.   Entretanto, en las ciudades europeas, donde hay muchos más vehículos, se prefirió construir metros, preservando el entorno urbano.    Es más, después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, muchas ciudades fueron reconstruidas tal como eran, en base a fotografías.   En el Perú, una mal entendida modernidad ha sido más destructiva que cualquier bombardeo.

Las demoliciones arrebatan a las ciudades aquello que los antropólogos llaman la “geografía recordada”, los referentes fundamentales que orientan la vida de los vecinos, los lugares donde jugaron de niños o pasearon cuando eran adolescentes, jóvenes o adultos.   La memoria y la identidad de la ciudad se rompen, generándose una sensación de desarraigo.

A las inmobiliarias y los alcaldes esto no les importa mucho tanta destrucción, pero a la gente sí.   Por eso los vecinos de Lince protestaron contra la remodelación del Parque Bombero y los de Barranco siguen indignados por la destrucción del molino y la laguna para un museo que nadie pidió: se estaba atentando contra sus recuerdos.

Otras víctimas de este proceso “anti-urbanista” son los árboles, talados por todas partes. Es difícil imaginar ahora la tupida alameda Ricardo Palma o saber que el pasaje Los Pinos se llamaba así  porque era prácticamente un bosque de pinos y ahora es una calle realmente fea.  A veces son talados por razones mezquinas: para que se vea mejor un local comercial.  Esto último lo he visto frente a un Banco de Crédito en la plaza San José de Jesús María, un Inkafarma de la avenida Dos de Mayo en San Isidro, un hostal de Lince o la pastelería San Antonio de Miraflores.   Sin la sombra de los árboles es más incómodo caminar por Lima.

Los limeños sienten mucho aprecio hacia los lugares que se conservan tradicionales, como el centro de Barranco, y también aquellos que buscan imitar la Lima desaparecida como el Parque de la Amistad, donde se ha reedificado el arco morisco que existía al inicio de la avenida Arequipa, una de las primeras víctimas de la modernidad violenta.

Es verdad que en el Centro Histórico se vienen recuperando valiosos edificios como el Hospicio Ruiz Dávila o la casa Bodega y Cuadra, pero para el resto de la ciudad, prima la indiferencia.   Además, aún en el Paseo Colón o el jirón Moquegua valiosos edificios republicanos vienen ofreciéndose… como terreno.
El sábado pasado, con varios amigos nos reunimos para protestar contra la demolición de la casona del Satchmo de la calle La Paz en Miraflores.   Era penoso ver que, desde hace algunas semanas, sólo hay escombros donde se levantaba su casona gemela.  Comenzamos a recorrer varias callecitas de Miraflores y quedamos consternados.  Sólo algunas casonas atestiguaban que alguna vez fue un bello distrito… y casi todas tenían carteles que anunciaban su próxima destrucción.  Anoche, quise enseñar a otros amigos la casona Tudor de la calle Ricardo Palma… pero ya no había nada que enseñar.




Todos perdemos en un proceso que parece diseñado a afectar nuestra autoestima como ciudad y como país.  De poco sirve que se pretenda que los turistas se queden en Lima cuando se les ofrece una ciudad cada vez menos atractiva, sin personalidad, sin belleza.  De poco sirve pretender que los limeños quieran a Lima si sus propias autoridades la quieren muy poco.

Ver: